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Ana Vinocur y la supervivencia de la sonrisa





Descubrí a Ana Vinocur, gracias a mi entrañable amiga y colega Esperanza Titler.
Ana fue una mujer judía polaca que sobrevivió al Holocausto habiendo padecido en los campos de concentración, con una actitud que la acompañó de por vida y que marca una diferencia y embellece a nuestra humanidad, a pesar de la experiencia inenarrable de los campos de exterminio y del reinventarse que implica emigrar, una vez eliminada la hegemonía del regimen nazi. El ejemplo y el relato de Ana  iluminan nuestras tribulaciones frente al incógnito, al miedo y al dolor. Su dimensión supera al testimonio de una sobreviviente audaz y vibrante: su perfil resuena en el corazón de los lectores con cada relectura.

A continuación, las páginas 135 a 140 y la biografía de contratapa de su libro Sin título


 








poema de Luis Alberto Ambroggio


Paseo a la finca de un tejano

No sé cómo hacer un poema del destierro.

Estoy invitado a un paraíso esclavo,
al lado grande de cierto riachuelo de barro virgen,
con árboles viejos que se desgajan en abandono,
animales precarios y salvajes
como la libertad misma que sin tener ostentan.

Es el beso de una aventura desconcertante.

El entusiasmo del escape crea su propia fantasía …
Toco cielo robado.

Paseo si estar donde estoy
porque me atrapan los cangrejos
de la ciudad que me viste
y sus ruidos meticulosos
y la adicción del apuro, de sus luces y su gente
y por no querer aprender nada más
la atrofia o la muerte avanzan con altivez de mártir,
y me desnudan

No sé cómo hacer un poema del destierro.


©Luis Alberto Ambroggio (de Los habitantes del poeta)

Testimonio de Elda Durán


La escritora e investigadora argentina Elda Durán nos deja su testimonio de infancia en Neuquén, compartida con los mapuches

Fotografías de la autora

   Neuquen- Las Coloradas- Piedra Grande

                                            
                                     
                       



  









Neuquen- Las Coloradas- Inmensidad


   











 En la memoria de la tarde                                         

...a veces, recuerdo a mi niña en el umbral de la casa, las acequias murmurando el chisme cotidiano a cada lado de la calle. Y ella empeñada en fijar los ojos en otros mundos, ajenos a la alameda del frente, al torreón, la bicicleta tirada en la vereda esperándola a ella, mi niña, sumergida en los vientos ariscos de Cronin, en los sigilos estoicos de Strogoff.
Y antes aún, parada en la gran piedra de Las Coloradas, mirando los toldos cercanos de los que vendría el Parrita para enseñarle los tesoros de la mica y el carbón. Y el silbido, apenas una nota discordante en su boca pequeña mientras el Parra le indicaba así niña, así, vea, que el aire le salga para afuera. Y la montaña, cortando la inmensidad agreste del desierto amarillo, el brazo del río donde la madre de ella, mi niña, lavaba la ropa.

Me llegan de otro siglo las voces y las risas, la tina de madera humeante y la madre enjuagando el pelo rebelde y jabonoso con el chorro caliente del jarro enlozado que se multiplicaba en sus oficios de lechero, jardinero y enjuagador de niñas jubilosas en el baño de invierno.

Aprender la hora en el reloj redondo, dar vuelta las agujas y saber del cuarto y de la media, mirarse en la luna espejada del toilette antiguo, único lujo de la pieza de barro, la cocina económica, el farol, el patio grande como el desierto mismo, sin limites a la vista, arena y cardos.

También se escuchan otras voces cambiando yerba y azúcar por un bono, sin vuelto para el portador cetrino que armará en mayo la enramada con su gente, mientras el alemán del boliche se encierra temeroso y por esta vez no les escamotea el vino áspero y seco como su misma vida, sonando los cultrunes tres días seguidos de machi y camaruco.

La recuerdo toda, a mi niña digo, hasta algún día que se me perdió en el tumulto de los que crecieron sin darse cuenta. Será por eso que no dejo de buscarla en el recodo azul de la memoria de las tías. O en los ojos de la madre que no olvida decirle te acordás, te acordás aquel libro, aquel verano, la novela de la tarde, Chos Malal, los techos que trepaste rodilla agujereada, te acordás del paredón de los Luna, Villa Farrel, te acordás la señorita Salvattore, eras chiquita y la primera huelga, niñita peleadora,  te acordás tercer grado.
Tan bello verse en los ojos profundos de la madre para saber de mi niña siempre viva en el umbral azul de la memoria.

      Elda Durán

                                                                                                 -Febrero/2002-




Zoológicos humanos y repatriación de restos de indígenas secuestrados


Este documento visual es de gran importancia en el proceso de reivindicación de los pueblos originarios. Responde a un proyecto de restitución a su patria Chile de los restos de indios selk’nam abandonados en Europa. Se trata de una tarea de los investigadores chilenos Christian Báez y  Hans Mulchi- Bremer y  el inglés Peter Mason sobre un secuestro de selk’nams (indígenas fueguinos llamados “onas” por los yámanas y por los foráneos). Un empresario belga , Maurice Maitre, capturó a once selk’nams para participar en la  Exposición Universal de París (1889), con motivo de cumplirse 100 años de la Toma de la Bastilla,  celebrando “cien años de libertad, igualdad y fraternidad”. Entre sus atracciones se presentaron además la flamante Torre Eiffel y una “Aldea Negra”, compuesta por 400 nativos. Los europeos miraban a los indígenas como a animales (la exhibición se llamaba “zoológico humano”). Varios de ellos murieron contagiados de enfermedades, en medio del maltrato, el abuso y la humillación a sus personas y a su cultura. Un niño del grupo selk’nam llamado Calafate sobrevivió y retornó a Chile. El presente documental lleva su nombre.








Comentarios sobre el documental:







La escritura del desplazamiento y la ilusion, Sylvia Molloy

Mucho quisiera que estuvieses aquí. Quisiera que me mostraras las cosas, las vería mejor contigo. Temo verlas de pasada, o al revés. Porque, entre otros méritos, tú sabes hacer ver. Roger Caillois, Carta a Victoria Ocampo


Todo viaje es, en principio, dislocación, exilio, desplazamiento. Se deja un lugar conocido, seguro, para entrar en un lugar nuevo, acaso a la larga decepcionante (se espera demasiado de él), pero, en el momento en que se emprende el viaje, tentador. Ese lugar otro, que se concibe espacialmente, está también marcado por un tiempo distinto: otro ritmo afecta al viajero durante el desplazamiento, lo descoloca, lo desorienta, y esa desorientación persiste aun después de concluido el viaje. No sólo vuelve distinto el que se ha ido, vuelve a un espacio y a un tiempo distintos, ya que el viaje nos hace ver el lugar al que volvemos, y que creíamos permanentemente igual a sí mismo, con otros ojos.
Como todo género que se quiere referencial -es decir que convence al lector de que lo que lee es la transposición "directa" de una supuesta realidad-, el relato de viaje trabaja con una quimera, la de simular su inmediatez. El viajero nos "hace ver", nos interpela, nos invita a compartir experiencias, solicita nuestra identificación. Lo que le ha pasado a él puede pasarnos a nosotros, o más bien, nos está pasando a nosotros . "Póngase V. conmigo a bordo de la Rose , que ya vamos llegando a Francia", escribía Sarmiento en su viaje a Europa. El yo itinerante acude al lector cómplice, el que "viaja" con él y reconoce aquello que describe, es decir, sabe "ver junto" con él. Esa segunda persona a la que se dirige el yo viajero es, habitualmente, el que se queda atrás, el que no tiene acceso a la novedad que percibe el viajero salvo por intermedio de lo que éste le escribe. Esa segunda persona sedentaria, figura de autoridad en las empresas colonizadoras (así el soberano en las crónicas de la conquista), pasa a ser, en la modernidad, persona colectiva: es la comunidad de los que no han viajado y que buscan, en relatos de viaje publicados a menudo como crónicas periodísticas, lo nuevo, la noticia, y el placer vicario del "como si".
Lo antedicho es típico, en general, del relato de viaje y de quien lo escribe. Y como toda generalidad, tiene sus notables excepciones. Advertí esto al pensar en Victoria Ocampo, al querer determinar qué caracterizaba sus viajes, al darme cuenta de cómo, a menudo, sus escritos cuestionaban la modalidad habitual del género. Victoria, podría decirse, viaja de otra manera. Elucidar esa diferencia es el propósito de las páginas que siguen.
La función pedagógica que cumple el texto de viaje es necesariamente una función informativa, documental. Al lector/interlocutor se le enseña a conocer el lugar, la ciudad, a entender el encuentro, el evento narrado. Pero en Ocampo hay poca descripción del lugar en sí, pocas indicaciones espaciales, poco paisajismo. Sus relatos de viaje son, en general, curiosamente estáticos: se describe menos el traslado que el estar allí . Declarándose inepta para tomar notas, escribe: "[U]na fatalidad parece perseguirme. Jamás he apuntado en ellas nada utilizable o interesante. En cuanto no me dirijo a alguien (como en las cartas), en cuanto no tengo mentalmente un interlocutor para contarle lo que veo, siento, observo, pienso, las palabras se me marchitan". De ahí que el relato de viaje se dé tan a menudo en Victoria Ocampo como carta, ya sea explícita o implícitamente. De ahí también que su pedagogía, si cabe el término, sea otra que la de muchos viajeros. No se propone compartir una mirada turística. Si bien se da a ver, procura, sobre todo, dar a pensar.
Victoria Ocampo lleva el viaje en la sangre. Desde los viajes políticos de sus antepasados hombres de Estado -como el bisabuelo Aguirre que viaja a Estados Unidos a pedir el reconocimiento de la nación independiente- hasta los viajes ilustrados o mundanos de los miembros de su clase, el viaje es parte de su herencia, una herencia de la que se hace cargo con creces, revitalizándola. La vida de Victoria Ocampo es una vida pautada por el desplazamiento entre lugares que pronto resultan familiares. Así los desplazamientos entre múltiples viviendas, múltiples hogares, la casona de la calle Viamonte, Villa Ocampo en San Isidro, la casa de Palermo Chico, la de Mar del Plata y, casi sin solución de continuidad, el Hotel Majestic de París, o el Meurice, o el apartamento de la rue Raynouard, o de la avenida Malakoff, o el Hotel de La Trémoille, o el Sherry Netherlands o el Waldorf Astoria en Nueva York; y, concomitantemente, los desplazamientos entre múltiples lenguas, literaturas, entre culturas. "La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren", observa Francis de Croisset. En el caso de Victoria, podría decirse que la lectura es tomar el tren. Se pasa de un lugar a otro como se pasa de una lengua a otra, sin aparente esfuerzo: se está (o se cree estar) siempre at home , chez soi , en casa, y -sin que esto signifique contradicción- siempre a punto de partir: "El mundo entero es mi dominio y me siento en casa tanto en New York como en Londres. Necesito toda la tierra", escribe Ocampo en una carta inédita citada por Beatriz Sarlo. Si la ilusión del viajero baudelairiano era viajar "al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo", los viajes de Ocampo son menos viajes de descubrimiento que de comprobación: esto que veo es (o no es) como me lo contaron, o como lo había imaginado a partir de mis lecturas. A pesar de no haber estado aquí nunca, conozco (o creo conocer) el lugar. Más que de relatos de viaje podría hablarse, dando un giro positivo al término que ella misma usa jocosamente, de "testimonios de desparramo".
Primeros viajes: Europa como lugar propio
El primer viaje que registra Ocampo en sus escritos, el primero de muchos, es el viaje de la familia a Europa en 1896, cuyos recuerdos anota, sabiamente descosidos, en El archipiélago . Podría objetarse que, en este caso, no es del todo exacto hablar de viaje, como acaso tampoco lo sería para referirse al siguiente, de 1908 a 1910. En ambas ocasiones la familia se desplaza a Europa, sí, pero menos con la intención de viajar que con la de quedarse por largo tiempo, uno o dos años. El viaje es más un paulatino traslado, un lento pasar de una existencia a otra, un acostumbrarse a un aquí sin desacostumbrarse del todo del allá.
Al hablar de ese primer viaje recalca Ocampo, en términos infantiles, esa voluntad de continuidad: "Vamos a irnos. Yo no quiero despedirme". Despedirse es reconocer una separación, aceptar la naturaleza traumática del inicio de todo viaje, y a Victoria no le gusta despedirse, marcar cortes. Lo mismo ocurre cuando regresa de ese viaje: en lugar de saludar a las tías queridas de quien, un año antes, no se había querido despedir, finge el hábito: "Me preguntan si estoy contenta de estar de vuelta. Contesto: ´¿Puedo tomar agua con panal?´ No se me han olvidado los panales blancos, con gusto a limón y azúcar". El traslado se ha efectuado con toda naturalidad y no hay extrañeza, se vuelve a la costumbre, tanto más entrañable cuanto trivial. O por lo menos así lo recuerda muchos años más tarde la adulta, quien presenta este primer viaje infantil como una fiesta perpetua. Cuando su madrina le pregunta qué quiere llevarse como recuerdo de París, contesta, con la naturaleza de una chica de 10 años, que quiere un anillo con rubí de Cartier o, en su defecto, una fotografía de la Place de la Concorde. And yet , and yet ... pese a que quiere recordar ese temprano traslado como un continuum , un detalle revela que sí hubo desencanto, por lo menos desajuste: la calle Florida, que recordaba ancha, es, en realidad, estrecha. El incidente permanece suficientemente grabado en la memoria de Ocampo para que vuelva a él, muchos años después, en una charla recogida en un testimonio tardío: "´¿Ésta es la calle Florida? Pero no era tan angosta antes´. Me contestaron que así de angosta había sido siempre. Por lo visto, mi cariño la había transformado en algo que podía competir con los Champs Elysées".
El segundo viaje a Europa de Ocampo es referido en las "Cartas a Delfina", dirigidas a Delfina Bunge, y el tenor es muy distinto. Explican en parte esa diferencia el momento de composición del texto y el cambio de destinatario. Si el viaje de 1896 consistía en recuerdos rescatados por una adulta, más de medio siglo más tarde, para un público amplio que lee su autobiografía, el viaje de 1908-1910 se registra en cartas a una interlocutora privilegiada, Delfina Bunge, la amiga querida que se ha quedado atrás en Buenos Aires y que también es la admirada "chica mayor" (y escritora en ciernes) a la que se quiere impresionar. La escritura es, como la de toda carta que narra un viaje, casi simultánea a la experiencia. El género epistolar plasma esa inmediatez, permite expresar una sentimentalidad -cariño, añoranza, tristeza- que no siempre aparece cuando se recurre a otro género. La nostalgia aparece como motor central de la escritura, se adivina incluso antes de que se inicie el viaje: "Tal vez hagamos un viaje a Europa en noviembre. París. [...] ¡Viajar! Ha de ser triste. Me encariño demasiado con lo que me rodea. [...] Creo que no se puede viajar sin pagar en moneda de nostalgias". Ese sentido de falta que no llega a llenar es el precio del viaje: "Me gusta París. Pero te escribo para hablarte de mi nostalgia de Buenos Aires". Si bien el viaje es aquí noticia, no recuerdo -se cuentan las nuevas actividades en París, los cursos en el Collège de France, los retratos que le hace Helleu, el viaje a Roma, la vacación en Escocia con los tíos Urquiza-, coexiste el descubrimiento del aquí con la conciencia de la falta del allá : "Ahora extraño el sol, el cielo de mi tierra. Por primera vez comprendo que la tierra donde hemos nacido nos tiene atados. Quiero a América". El trauma de la separación, borrado del recuerdo del primer viaje, queda registrado en estas cartas. El continuum es reemplazado por la oscilación entre dos polos: por un lado, la Argentina; por el otro, Europa, es decir, por sobre todo, Francia.
El género al que recurre Ocampo para narrar estos dos viajes tempranos -autobiografía y carta- lleva a la reflexión sobre la forma del relato de viaje en Ocampo. A diferencia de muchos cultores del género -pongamos por caso los grandes viajeros decimonónicos como Sarmiento, que hacen del relato de viaje un ejercicio pedagógico, o los cronistas del siglo XX, muchos de ellos periodistas, que refieren la aventura como divertimento-, Ocampo no se limita a una sola manera de contar sus viajes. Podría decirse que el viaje toca todo lo que escribe, que su obra, como bien lo ve Beatriz Sarlo, es toda ella una traslación y que, al narrar un viaje, Ocampo se está narrando a ella misma. El uso de la primera persona, tan necesario para lograr la adhesión del lector en los relatos de viaje, es aquí múltiplemente fecundo: narro este viaje en primera persona para convocar a un tú lector que me acompaña y ve conmigo, pero también narro en primera persona porque el viaje es parte integral de mi persona, es ejercicio de autofiguración y de autoconocimiento. Ya testimonio, ya relato de vida, ya correspondencia, el viaje me permite ser.

Del articulo:
http://www.lanacion.com.ar/1290940-la-escritura-del-desplazamiento-y-la-ilusion

entrevistas: Yolanda Duque-Vidal




La tarde de Yolanda.


por la periodista Livia Díaz




La tarde de Yolanda permanece en el tiempo saturada de recuerdos y añoranzas. “Un poder mayor que yo, me llama a volver” pero volver no es suficiente, ya no somos parte del todo ni parte del poco. La salida y la ausencia provocada, insufrible estoica, la salida necesaria e inmerecida, ha marcado su vida para siempre.



Yolanda Duque Vidal de origen chilena, nacionalizada canadiense pero ciudadana del mundo, viaja con sus zapatos de nube y la mochila al hombro, sus gafas la guían, su amor y su energía la impulsan, su fe mueve los Andes, las Rocosas, las cordilleras se abren a su paso invencible. Ninguna extradición pudo cambiar su identidad.


Su voz es una música suave pautada y lenta donde la claridad de su dicción sin acentos vence la maestría con que se redacta y dictamina su paso sencillo, vidente, enamorado. “Mi Patria es el Universo porque el Universo es de Dios y yo soy hija de Dios”. Tal cual. Como si la vida atrapada en el pecho en tesoro vital se cristaliza al sólo verbalizarlo.



“Hay una ansiedad en mi
que indaga una razón.
Mientras el sol dormita
gradualmente bajo el agua,
sus últimos rayos esbozan
tu imagen en la arena”.



Entre canciones y sonrisas, enérgicamente avanzando en amable precisión sin equivocaciones, solidaria, paciente en armonía pero firme, que deja reconocer una práctica continua y cotidiana de pasos por los todos, por los suyos, por nosotros. Convivió con nosotras, unas 46 poetas de 25 países este noviembre en el XI Encuentro de Mujeres Poetas en el “País de las Nubes” región Mixteca de Oaxaca. En la sesentena y algo por fuera, nueve por dentro. Invenciblemente niña y mujer en avance de proyectos editoriales y culturales que abarcan la edición de poetas y cuentistas contemporáneos y la preocupación por los indios “Crees” y “Mic Macs en Canadá.


Dijo Jean Paul Sartre que “Los libros son voluminosas cartas a los amigos”. En los de Yolanda me queda claro que ninguna palabra está dirigida a otra persona. Porque sólo los amigos rozan con el alma el sentimiento al compartir lo que nos hermana en cualquier circunstancia, en cualquier semana, en cualquier idioma. Ella va ganando amigos “estoy naciendo hace poco nada más”. No tiene muchos estudios de Lite-ratura, -dice-. Se llena de amigos silenciosos en la poesía aunque salió de su país con la esperanza de arrodillar la violencia contra su familia ejercida por los militares chilenos en interrogatorios y persecuciones en la década de los 70’s y 80.


“¡Cuántos afanes de libertad sepultaron
los cuervos que mutilaron la Patria!
Semillas de ideales retoñarán un día
y los originarios frutos volverán
a perfumar nuestro exuberante territorio
Cordillera de los Andes
altivo muro accidentado, mudo testigo
de la inmolación, el sudor y la sangre
vertida en los viñedos y maizales”.


Porque una cosa es elegir donde vivir y otra es salir perseguido”. La tortura del aparato de estado tras la caída del presidente Salvador Allende, perseveró contra todos ellos por muchos años, esto obligó a buscar asilo a sus hermanos fuera de Chile y después ella misma comenzó a treparse en las nubes que le llevan los pies, rumbo a otras tierras. Comenzó con la poesía en el exilio, cargada de nostalgias y desarraigo:



“Lóbregos pasajes de la memoria
revelan una niñez desgarrada.
Nada borra lo imborrable, el pasado.

Saeta que regresa sin aviso
y se queda fatalmente alojada
donde incorpóreamente lastima”.



“No había fronteras ideológicas. Sorprendentemente, los mili-tares argentinos conocían toda nuestra historia”. Argentina, que inicialmente fue un refugio para Yolanda se convertía en un infierno poco a poco, hasta que salió de nuevo con rumbo a Canadá. Vivió en Buenos Aires hasta el 4 de octubre de 1986. Siempre trabajando en empresas importantes donde destacó en la jefatura de empleados, administración y contabilidad. A diferencia de sus hermanos que eran miembros del Partido Comunista, Yolanda es Pacifista, “pero eso no servía”, sospechaban de todos, querían saberlo todo sobre ellos, sus amistades, sus actividades, “hasta que un día mi madre les dijo a los militares -mis hijos ya no están aquí, se fueron a Estados Unidos -nunca más volvieron a molestar a mis padres”. Pero duele tenerlos tan lejos. Cuando el avión desciende sobre los Andes y veo Santiago aparecer, mi corazón da un vuelco rotundo, es un clamor y un rumor en el pecho que me soborna y atrapa inevitablemente, siempre, siempre que regreso.



“Intrínsecamente se enquista
en los opacos laberintos
donde no puede desertar.
Arrastra al abismo inexorable
chocando contra el muro
de insalvables fracasos.
Acero mordaz y agudo
que traspasas sin piedad
los frágiles umbrales del alma”.



A Yolanda le faltó tener un hijo aunque tuvo muchos hijos: Sus cinco hermanos y una banda inmensa de sobrinos con los que de vez en cuando, vuelve a ser niña, aunque lamenta no haberlos visto crecer. “La sonrisa de un niño me libera el alma”. “Hubo una época en la que no poder tener hijos casi me llevó a caminos sin retorno. Era un dolor muy grande, algo perdido, porque había problemas, tanto médicos, como personales por resolver y finalmente hace unos años, me quitaron los órganos reproductivos para evitar un cáncer”. La poesía nació cuando era niña. A los nueve años y en la escuela primaria de educación “la maestra nos dijo que escribiéramos un poema, “escriban lo que estén sintiendo”. En ese momento me guié por un poema de Gabriela Mistral. Observé que los versos estaban agrupados de 4 en cuatro y en la forma del trabajo quedó plasmado:



“Si yo encontrara el motivo de mi existencia en este mundo
entender por qué vivo con este dolor tan profundo
Dolor que me da la vida sin saber por qué
Sentir mi alma herida y la razón no la sé”



Mi maestra enmudeció inmediatamente. Pensé que había hecho algo muy malo. Me miraba y miraba mi poema, lo mostró a todos los maestros, a la directora. El escrito anduvo de mano en mano, les parecía quizá increíble que yo a esa edad hubiera escrito eso, como increíble fue verlo consumirse en las llamas cuando los militares tomaron el baúl donde guardaba mis poemas y otros textos y les prendieron fuego “con el hecho de haber quemado mis poemas me cortaron la vida, es como si hubieran mutilado la mitad de mi cuerpo”.



“En tus gargantas ocultas
un insondable y monstruoso arcano.
Los blancos sueños de mi infancia
se han teñido de rojo
ante las escorias de una Patria
arrasada por el fuego de metralla”.



Recientemente Yolanda ha sido reconocida por la Gobernadora General de Canadá en el Palacio “Rideau Hall de Ottawa, junto con otros 60 escritores y artistas chilenos. “Recién estoy naciendo para algunos chilenos”


“Mi poesía parte de la reflexión interna que quiero transmitir, que la gente la entienda, la asimile. Lo mío es espontáneo. Antes fue íntimo, de amigos”. Como escritora comenzó a darse a conocer desde el primer libro, “Poemas de Canto y Luna”, editado en Montreal, Canadá en 1999. Ha escrito “Destino”, “El jardín de mis sueños”, “Senderos”, libros de poesía y prepara la novela “Alas pasivas” que retoma la experiencia de trabajo y convivencia en el albergue de los indígenas “Crees” de la Bahía James, al norte de Quebec y recoge lo que pueden leer otros ojos.



En el 2001 inauguró una editorial sin fronteras que ha llamado “Alondras”, trilingüe, pero que no distribuye por ahora en Canadá, pues “la distribución no es fácil todavía” –asegura-.





Livia Díaz, Oaxaca, México



proyectos de Edith Lomovasky-Goel/ projects /פרויקטים של אדית לומובסקי-גואל



Primer Centro Internacional de Traducción Literaria Recíproca. El blog:
First International Center for Reciprocal Literary Translation. the blog:
המרכז הבינלאומי הראשון לתרגום ספרותי הדדי. הבלוג:


testimonio poetico: Luis Alberto Ambroggio

RESABIO

No has muerto.

Retorno niño de tu sangre

gotas de una palabra inquieta

Devoras con el ojo

que no envejece

las historias

la compasión inútil

la corrupta ocupación

de las monedas,

la culpa inmune del barniz.

¿Dónde está tu madre?

El beso del idioma,

tu tribu,

esa falda de cenizas,

que atormentan

la luz inicial

de tus pies ariscos.

Vives en las alas

Del alfabeto

la dicha desnuda

de un juego.

©Luis Alberto Ambroggio (del poemario Aza(ha)res de la memoria)

LA AVIDEZ DE LAS RAÍCES

El deseo es un paraíso a la vista

mientras no desfraude la ventana

ni nos tiente el roce del regreso

o la intrigante calidez de la memoria.

Desteñida y estridente,

en las riberas y los tiempos,

vibra la voz antigua y nueva

de los vestigios y las cartas.

¿Por qué no ser feliz,

colibrí al borde del momento,

yendo sin volver, o saltando

en el lugar preciso de la existencia?

Pero el encanto de la historia conjura

sus ambigüos márgenes en alas, esqueletos,

acaso el hábito elocuente de las fotos.

El deseo y el olvido se paracen

en el genealogía de sus gritos.

Me libero hundiéndome en la vida,

la tierra madre,

la que es más que viento,

sombra, eco, promesa,

la que es,

el jardín sin las piedras.

Washington DC, 20 de Agosto de 2010.

©Luis Alberto Ambroggio (del poemario Aza(ha)res de la memoria)

DESEO

Ser un pájaro,

o mejor no un pájaro,

sino un árbol

para vencer del algún modo

la distancia

y estar los dos

en un lugar

volándonos quietos

debajo de las hojas

y las plumas.

©Luis Alberto Ambroggio (del poemario Aza(ha)res de la memoria)

testimonio de Luisa Yadira Almeyda Santiago



Emigré por primera vez hace tanto tiempo que de nada, absolutamente nada de aquello me acuerdo. Era parte de la Magnificencia y tenía plena conciencia de ello, no como ahora que apenas unas pocas veces y por segundos me doy real cuenta de la inmensidad a la que pertenezco.

Pues de allá me desprendí para cobrar animación en el óvulo fecundado de mamá, pero unos pocos meses después de ahí también emigré; reclamé salir y respirar de manera independiente. De inmediato tuve que aprender a hacer eso y casi todas las cosas necesarias para sobrevivir, pues algunas otras habilidades he tenido forzosamente que adquirir en el andar para poder mantenerme en el flujo del peregrinaje colectivo en el que avanzo.

Emigré hasta el momento de 24 casas, 13 ciudades, cuatro países, dos continentes y dos patrias; a algunos de ellos he regresado tras meses e inclusive años. Emigré de donde mis padres, de un cruel matrimonio; después de un finísimo ser que también fue mi esposo. Silencio, luego mucho silencio. Pero seguí viva y con suerte pude de ese profundo vacío también migrar. Tras ello por las noches antes de cerrar mis ojos y en dos países diferentes, he visto cuatro distintos techos que casi pude llamar hogar.

No sé en cuántas ciudades y países he estado, no en tantos como otros tantos, pero sí en suficientes como para dolerme de hacer maletas, transbordes y ser alcanzada por añoranzas.

A sitios nuevos y extraños sola pasé y llegué en mi fémina condición de mexicana promedio y siempre pude abrirme camino con rapidez y sin dificultad, a veces con sólo señas. Me moví en espacios donde tuve que guardar mi cabello, en otros donde pude mostrarlo pero tuve que cubrir mis hombros, y algunos más donde sólo era advertida si importunaba a alguien con mi roce en modernas y saturadas calles del primer mundo. He sido recibida en casas donde fui la ajena, la extraña, la amiga, la mujer, la pareja, la familia y hasta la dueña. Desarrollé ese instinto de sobrevivencia urbana, suburbana, campestre y comunal; y la facilidad de adaptación ambiental, alimenticia, costumbrista y demás. Varias veces agotada desperté por las noches experimentando la súbita y veloz reacción de brújula ubicando primero la habitación, la casa, el país y la circunstancia de mi vida, sólo para poder llegar al baño.

Nada de lo anterior me preparó para mi intento de integrarme a Chile.

Santiago como mi apellido, latino e hispano como yo; creí que tendía un escudo amoroso y protector con suaves plumas de cóndores trascendidos, nido para cómodamente unirme a una cuasi-familia que aguardaba por mí. Llegué tan confiada por tanta circunstancia, que la confusión acumulada en mis apenas tres semanas primeras me alteró fuertemente los sentidos.

Tierra de hombres y mujeres de ojos bellos y acentos que hechizan mis oídos; de mañanas con sabor a hallullas y palta y casas con tostadores en las cocinas; donde un desayuno no se come sino se toma, con onces a las cinco, almuerzos a las horas de las comidas mexicanas y comidas en las cenas; donde chulo no es bonito sino feo, donde harto no está mal dicho y reto no es una aventura sino un regaño; donde los plátanos orientales no se comen sino te hinchan los ojos; donde rajas no son chiles ni los tubos de canela sino los muy cansados, lo padrísimo, o se emplea para referirse de manera políticamente incorrecta a cierta parte de la anatomía; donde para decir hoy se acompaña con día; donde las guaguas son bebés y no onomatopeyas caninas, donde la cerveza provoca guatas y no panzas; las zapatillas no las calzamos las señoritas sino los deportistas; donde hacer tuto es dormir y los tacos no se comen sino se sufren; donde la lata más que una industria, es todo lo que te satura (cansancio, flojera, molestia, hastío y hasta vergüenza); donde cachar queda chico en el beisbol, porque asume el papel de adjetivo camaleónico, aún incomprendido para mí en todas sus connotaciones.

Santiago que me grita que me despabile, que me reta por haberme formado en el D. F. y asustado a la primera de cambios en su asfalto; que sarcásticamente me recuerda lo inválida que me permití quedarme por tanto tiempo en Alemania, instándome a actuar tan polifacéticamente como su anglicista verbo cachar; que me obligó a gran velocidad a reconciliarme con la cocina, lo doméstico y las cuentas; que como amante misógino luego me arranca grandes sonrisas y alegrías por regalos inusitados que me brinda en sus calles; que pareciera que se cartea con Ensenada para supervisar que continúe afinando mi poder de co-creación y no olvide lo pendiente.

Santiago que ahora me reconoce prima pero que me recuerda lejana, en quien ya no confío pero respeto, que ya no me asusta pero vigilo; a quien a pesar de todo sigo queriendo pero me sigue recordando que mi raíz viene de otra parte.

Porque feliz y afortunadamente me acababan de salir raíces, tras años de tenerlas en una maceta afirmada sobre tanta superficie ajena y cambiante. Y si cierro ahora los ojos, concentrándome en ellas, cruzan fronteras y se unen a ramificaciones campechanas, oaxaqueñas, veracruzanas, defeñas y ensenadenses, entre otras que no necesito mentar.

Santiago que quiero por cinco meses más y luego, luego Dios dirá.

Explicaciones de mi “Migraciones”:

1.- Hallulla: (del árabe hispánico allún, (bollo de fiestas), y este del hebreo allāh (jalá) pronunciado como youh ya), es un pan típico de Chile.

En Chile es un pan blanco de harina refinada. Su forma es redonda, es pesado, plano y de consistencia firme y semiesponjosa. Chile es, después de Alemania, el segundo consumidor de pan a nivel mundial, siendo la hallulla uno de los panes favoritos de los chilenos.

2.- Paltas = Así se le llama al aguacate. Es una costumbre desayunar cualquiera de sus panes típicos como la marraqueta- y mi preferido, la hallulla- con aguacate hecho pasta, sin condimentar.

3.- Tostadores: Algo parecido al comal mexicano en cuanto a su uso cotidiano y porque sirve de asar; sin embargo se emplea también como la base redonda que en Suiza se emplea para distribuir el calor sobre el caquelon (olla del fondue) y evitar que se queme.

Mega interesante. Tardé tiempo en entender qué era esa cosa forrada de plástico que nueva tenía en la alacena, y en poder guisar un buen arroz; pues aquí el común es de grano largo y gordo, con mucho almidón, que no había manera que me quedara suelto. Este llamado tostador se coloca sobre la estufa (¡Que aquí le llaman cocina!) y se tuestan los panes, con la llama bien bajita. Pero también se usa para colocarlo debajo de la ollas y lograr una perfecta cocción de cereales y leguminosas a fuego lento. No se lava, se sacude.

4.- Se dice: “Estoy tomando desayuno” . Se pregunta: ¿Vas a tomar desayuno?

5.- Supongo que heredados de tanta inclusión inglesa y alemana, entre cinco y siete de la tarde, entre la comida del medio día (que llaman almuerzo) y la cena (que llaman comida y se realiza tipo 21:00 horas) se acostumbra la “once”. Once es como el té de las cinco, una mesa con pastelitos, pan con palta, café, té o agua de hierbas (infusiones). El origen del término es discutido, aunque es probable es que se derive de una comida tomada a media mañana (a las 11), y esa es la interpretación que le da la Real Academia Española. Otra posibilidad es que el término sea una traducción literal de la comida inglesa elevenses (eleven en español es once, elevenses es en plura, entonces se traduciría onces). Por último, y lo que he escuchado de tooodos los chilenos, dice que esta palabra viene de la costumbre de los trabajadores de las salitreras a finales del siglo XIX, quienes acompañaban la merienda con un trago de aguardiente. Por la existencia de restricciones para beber alcohol, llamaban once a tal comida, por la cantidad de letras (11) que posee la palabra aguardiente. Una variación de la última teoría dice que durante la colonia los caballeros que querían tomar aguardiente se referían a esta bebida como 11, para que las damas no se dieran cuenta

6.- Chulo aquí se usa para denotar lo contrario a fino, para referirse a lo vulgar, a lo barato; de mala calidad o gusto.

7.- Usan con mucha frecuencia y propiedad el adjetivo “harto” para referirse a mucho o grandes cantidades: Harto calor, harto esfuerzo, harta gente, harta agua. Een México se comprende lo anterior, pero no es una manera fina de denotar demasía

8.- Retar lo emplean para referirse a una llamada de atención. “Me retó mi maestra por no traer la tarea” “Te voy a retar si no comes”, etc.

9.- Anécdota personal: A la semana de haber llegado, yendo a caminar acaricié a un perrito callejera que casi adoptamos –ahora lo hizo una vecina. Mientras trotaba me restregué los ojos y a partir de ahí, tuve serias molestias en ellos: Dolor, resequedad, picazón, lagrimeo, derrames, etc. Pobre perrito, lo culpé. Tras una semana con problemas, fui a una farmacia y adquirí unas gotas que me recomendó el médico en turno. En la tercera semana, lavando ropa, se repitió el cuadro; y cada vez que me restregaba los ojos, sufría un fuerte ardor. Comencé a sospechar que se trataba de una alergia, pero dudé mucho porque jamás he sido alérgica a nada y todos los años que estuve en Suiza fui inmune a la fuerte alergia que el polen de ciertos árboles provoca a la mayoría de los habitantes de la parte alemana. Luego vino una amiga nacida aquí; llegando a mi departamento me comentó: “Cruzando la calle mis ojos comenzaron a arderme, debe haber plátanos orientales alrededor”. Acabé con un oftalmólogo, que me confirmó que se trataba de conjuntivitis alérgica, debido a la conjunción de circunstancias bien particulares de Santiago: Un tipo de tierra que me explicó, la inversión térmica y- efectivamente-, la espora del famoso plátano oriental. Me contó que es incomprensible para los alergólogos y oftalmólogos que la municipalidad de Santiago haya escogido dicho árbol para cundir los parques y zonas verdes, pues si bien es tan fuerte, adaptable y resistente que es apto y económico para una ciudad, es igual muy conocido por la reacción alérgica.

10.- Se dice “Estoy raja” para decir estoy muy cansado; o cuando alguien da una buena noticia, se replica con “¡Rajas!”. Vulgarmente también le dicen rajas a la división de los glúteos.

11.- Es muy común escuchar o leer: “Hoy día es mi cumpleaños”, “Hoy día vamos a ir al cine” “Fui hoy día”. A pesar de que en general hoy día se refiere más a actualidad (Por ejemplo, “Antes se usaban enaguas, hoy día minifaldas” u “ hoy día la internet es el medio preferido de comunicación”), en Chile de manera coloquial se dice hoy día –como señalo al inicio de este apartado- y para situaciones formales, solamente día (Por ejemplo: "La restricción vehicular para hoy se aplica a los vehículos cuyas placas patentes terminan en 6 y 7")

12.- Sí, guagua es un bebé; tanto así que en lugar del baby que le dice un hombre cariñosamente a su novia en inglés, aquí se escucha que el novio (pololo en chileno) le diga a su novia (polola): “Mi guagua”.

13.- Estómago es en coloquial español mexicano panza; en chileno es guata. Entonces, panzón es guatón; me duele el estómago es “M e duele la guata”.

14.- En México a los zapatos de tacón alto les llamamos zapatillas, y a los zapatos deportivos les decimos tenis. En Chile zapatillas son los zapatos deportivos: “Ponte tus zapatillas y vámonos al gimnasio”

15.- Rarísimo, para referirse a dormir dicen: “Estoy cansada, me voy a hacer el tuto” o “Quiero hacer tuto”.

16.- Como en Puerto Rico, en Chile “taco” es el congestionamiento vehicular, lo que en México llamamos “embotellamiento”. “Zapatos de taco” son lo que en México conocemos como”zapatilla” (zapatos de tacón alto).

17.- Lata lo usan muchísimo. Ejemplos: Me da coraje = “Me da lata”, me siento mal insistiendo “Me da lata molestarlo”, me incomoda esta situación = “Me da lata”, me da flojera volver a repasar lo mismo: “Me da lata”. Y más ejemplos que aún no domino.

18.- Cachar además lo usan con acento cortado, como los cubanos o el antigüo español (cacháis = cachái). No comprendo = “No cacho”; Pilar no entiende lo que pasa = “La Pilar no cacha”. Si le preguntan a alguien: ¿Qué vas a hacer en Navidad”? puede contestar “No cacho”, lo que se entiende como todavía no hago planes. Lo usan también como un ¿Se entiende? = “¿Cachái?”

testimonio historico: Eva Guelbert y Moisesville



Entrevista a Eva Guelbert de Rosenthal:

Theoretical Perspectives on Displacement

Hommi Bhabha, an interview. Mohanty, S. (2005),


Towards a global cultural citizenship: http://www.hindu.com/lr/2005/07/03/stories/2005070300020100.htm


stories/2005070300020100.htm




Galasinski, D. & Jaworski, A. (2003):
http://cardiff.ac.uk/encap/resources/publications/jaworski-adam/papers/galasinski%20and%20jaworski%202003.pdf



Mariou, E. (2003), :





Pavlenko, A. (1997), "To Speak a Foreign
Language is to Depart from Yourself" :
webs.uvigo.es/ssl/actas1997/01/Pavlenko.pdf


Pavlenko, A. , Narrative Study: Whose Story Is It,
Anyway?
http://ld-sig.org/files/Pavlenko_TQ36.2.pdf


Turcotte, G. (2004), Persistence of Vision:
http://works.bepress.com/gturcotte/7/


Colombi Nicolia, Beatriz (2006), El viaje y su relato:

http://redalyc.uaemex.mx/pdf/640/64004302.pdf

testimonios historicos: Ana Rodríguez Bolaños, por Eduardo Montagut Contreras

'Después de que la raparan y le dieran aceite de ricino, la callaron para siempre'

Escrito por: Eduardo Montagut Contreras el 09 Dic 2010 - URL Permanente

Se llamaba Ana Rodríguez Bolaños. En la foto se la ve en la puerta de su casa en

Zalamea la Real, en la cuenca minera de Huelva, rodeada por su marido y sus

cinco hijos. Reina la República y ella aún es joven. Tiene una expresión tranquila

y su pelo largo recogido en un moño al aire. Hay que imaginársela, muy poco

después, en 1937, con la cabeza cubierta con un pañuelo para ocultar la infamia.

Durante la represión desatada en la retaguardia franquista, se la llevaron un día

de su casa para darle un escarmiento.

Como a miles de mujeres en España, le raparon el pelo y le hicieron tragar aceite

de ricino para que se le descompusiera el vientre. «'Toma, que te has cagado

delante de la gente'; lo que se trataba era de humillarlas». Sus nietos Juana

y Manuel Ramírez Domínguez cuentan que ese episodio traumatizó a su abuela y

marcó a la familia, que emigró a Sevilla, donde aún residen.

Su abuela Ana no pertenecía a ningún partido o sindicato de izquierdas, pero se

rebelaba en la vida cotidiana. Como cuando fue al colegio de sus hijas y le dijo a

la maestra «menos rezar y más darles de leer, que es lo que hace falta», o cuando

se negó a que su hija Encarna (madre de Juana y Manuel) trabajara de criada en la

casa de un «señorito» local y prefirió que se colocara con los ingenieros ingleses de

las Minas de Riotinto. Bastó ese «hacerle un feo» para «señalarse».

«Después de eso, la callaron para siempre. Se quedó traumatizada para toda su

vida», dice Juana. Ana sufrió depresiones hasta su muerte en 1979, con 85 u 86 años.


La noticia, y con vídeo, en:

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/12/06/andalucia_sevilla/1291657756.html

testimonios poeticos: Eugenia Toledo-Renner

CUADERNO DE ORIGEN Y MIGRACION


Herencia de hijo único


¿Dónde está tu herencia, hijo?

No la busques allí

donde los vivos peregrinan al cementerio,

o escriben la genealogía,

en cuyo árbol caben unos, y otros no.

Búscala en el lugar de la sangre

o más allá, por los aires,

dentro de mapas diferentes,

geografías que explican nuestros nombres.

Busca las mujeres que te antecedieron,

en sus cuerpos verticales o en sus formas,

en sus sufrimientos y su coraje;

en las leyes del destierro, sus rumbos,

la guerra, la pobreza y el trabajo. Busca.

Una mujer ciega, pasea por un jardín.

Otra vive en la verde selva araucana

y labra la tierra, a azadón y hacha,

hasta que se ha quebrado la cadera.

La más alta y delgada de todas

danza en un barco de Italia a Buenos Aires,

y penando cada noche por un fantasma,

continúa calando las fundas de las almohadas,

puntadas por las que cruza a tierras nuevas,

los Andes a caballo una y otra vez, tres.

Busca junto a los campos, al arroyo o

junto a los pájaros , hijo.

Busca a la más bella,

que nació en el fin del mundo,

a orillas de un pueblo sin casas,

con nombre de tres letras y

y que conoció el albedo del trabajo,

acarreando canastos de leña,

bordando, cosiendo, tejiendo,

dulce trino de jilguero herido,

sus ojos grises lucharon el respiro

y tratando de hablar de lo verdadero,

o piérdete en el reflejo de tu herencia

por las calles de Turín, Berlín y Polonia,

en rostros contemporáneos,

sabiendo que la dureza de esos caminos

también dejaron huella en ese país,

fin del mundo.


1898


En 1898,

de acuerdo a los documentos oficiales,

yo no existía. No aparece mi nombre.

Mientras los campos reverberaban

vírgenes en Chile,

abiertos a la emigración,

mis antepasados europeos,

arribaron a nuestros primeros puertos

y se convirtieron en colonos.

Recibieron, dice el documento,

tierras y unos pocos animales.

Construyeron casas de madera y corrales.

Los hombres se ocupaban de afuera y

las mujeres de la cocina y la conserva.

Sus hijos prosperaron en las escuelas,

hablaban dos idiomas,

tocaban el piano, cuidaban el campo,

un sitio paraíso aquella la selva sureña.

¿Fue pura suerte la mía

que de esta controvertida empresa

no supe nada?

Fue en Púa donde nació,

dice el certificado perdido,

en un luminoso mes de marzo,

mi madre,

y yo tampoco me enteré de tal suceso.



Amelia


Mi abuela cuidaba un jardín idílico

de hortensias, calas y dalias, en el que plantó

a ciegas su destino, siempre en suspenso,

en el fin del mundo.

Puso allí su ganancia, donde plegaba

el espejismo de la distancia y

“su siempre jamás” enterrado en la tierra.

Vivió en vilo, sostenida por un beso

de la memoria y en un adiós

que fue esculpido en dureza y dolor.

Fraguaba su recuerdo en las lluvias del ayer,

recordaba cientos de fantasmas, guerras,

la pérdida de su madre ,el viaje con el padre.

Hablaba de los horrores de Mussolini,

Hitler y Franco, voraces como un incendio.

Toda su existencia se fue añorando

esos años migratorios, esos rostros borrosos,

y el pasado inconcluso que yo desconozco.

Todos se helaron con la escarcha de sus inviernos.

Tañó sola como campana de bronce.

Bajo tanta quemadura, mi abuela

nunca habló de su carga.

¿Acaso fue todo embalaje roto?

Plantaba hortensias, calas y dalias,

y enterró junto con ellas, en la tierra,

su propia lengua original.


Monodia biográfica

Soy mujer en marcha” (Agueda Franco, poeta argentina, de su poema con el mismo nombre)

Amigos de estaciones comunes, escribo esta nota para ustedes, un recuento de historias en papeles enredados, manchados de café, uno que otro desgarrado, y humedecido por tantos racimos de días y años. Mientras enhebro ciudades, les cuento que llegué aquí buscando el leño santo, sándalo que le llaman. Este lugar era entonces un témpano para esculpir, yo venía del país de las lluvias y de pueblos ancestrales. Venía del siglo que esgrimió la violencia. Llegué a un lenguaje extranjero. Difícil es llegar para formar nuevos seres queridos, habiendo dejado otros atrás.

Hay injusticias para las que no tengo palabras, porque no hay lógica, amigos, para los filosos sentimientos tan universales de brujas y lobos; además, no es aconsejable hablar del caballo en casa del herrero o del cuchillo de palo en la casa del cirujano y la verdad en la casa del mitómano; por eso me hice silencio, bebí mi copa de paz, amistad, familia y retorno en un sólo canasto y desde entonces me han habitado una enorme tolerancia y paciencia, ambas hojas lentas, porque son como

hablarle a las estrellas, estación de inflorescencias.

Hay palabras en nuestra lengua castellana que tienen el poder de sanar y que sólo nosotros somos capaces de pronunciarlas; y mientras las desenterraba, grano a grano, fundé mi casa. El resto de la historia queda enredada en mi lenguaje.

Reunidas con los hermanos del arte decidí ser “mujer en marcha”. Soy la que escucha junto a los muros las voces de los desaparecidos; la que acarrea jarros con agua fresca para la naturaleza y los animales; la poeta que baila sin reposo sobre las mesas, cuenta y canta; la que tiene un contrato de justicia por la injusticia y las mujeres; la fatigada, pero en marcha, poste de luz.

Hoy en mis rincones se va amontonando el polvo y los objetos antiguos, aquellos que no me traje conmigo, pero a los que puedo volver en cualquier instante bajo idéntico tiempo. Hermoso será escalar la montaña y desde allí repetir el valle, el lago, el puente, y la lluvia permanente. Repetir sin desamparo, las edades que nos han enamorado por siempre jamás.

Los detalles del pasado se van a perder, el tiempo me gastará el rostro, mis árboles se secarán, mi sombra será una mancha de tinta en este papel. Por eso estoy juntando estas espigas ahora, haciendo paquetes, unos grandes, otros pequeños para ser una sola hoguera con ellos cuando me exilie a otras colonias imperecederas.


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testimonios poeticos: Liz Durand Goytia

Migraciones

Con los ojos cerrados todavía, comienza a percibir los ruidos diferentes. No logra identificarlos y se siente extraña. Abre los ojos y la sorprende esa luz diferente, inesperada. Percibe un ligero mareo y en su cabeza se instala confusión.

La habitación también es desconocida: la puerta está en otro lado. ¿Qué ha pasado? Viene a la memoria el viaje, el largo recorido por estaciones de tre, el paisaje variado, interminable. recuerda los acentos diferentes en las voces cuando el radio portátil de algún pasajero sintonizaba la estación del lugar que cruzaban.

Le duele un punto profundo en el pecho: su escuela, sus amigas. Ya no están.

Otra vez comenzar, salir a esas calles ajenas en busca de las menores cosas, aprender a nombrarlas de nuevo, instaurar nuevos sabores y sorpresas.

Siempre es difícil volver a comenzar, intentar la amistad, empatar.

No falta ocasión para las añoranzas pero la realidad siempre termina por imponer su reino y así, con su timidez a cuestas, con la fuerza de sus pocos años, con ese llanto tierno, recomienza.

Aprende a ver ese otro nuevo sol, a entender los sonidos, a acercarse a la gente. Un día, cuando despierta ya no se siente extraña: es su mañana, su casa, su alegría... por poco tiempo.

Llega de nuevo el trueno que determina el cambio, la mudanza. Hacer de tripas corazón, empacar todo de nuevo y emprender otro viaje, perder otra vez ese poco de luz,ese pequeño espacio donde estar.

Así por muchas veces. Hasta que se hace mayor se da cuenta de que no puede parar, que no tiene raíces, que nadie del pasado está con ella. La danza de las ciudades en su memoria, la confusión de tiempos, la dolorosa llaga que deja el desarraigo...

Un día lo entenderá: ella no es de raíces, sino de alas. Por eso será de todas partes, de todo el aire, de todos los lugares.

7 de diciembre, 2010